29 noviembre 2012

Y unos años después


Por no sé qué raras circunstancias ha resucitado el viejo fantasma de aquella huelga auroral de 1975. Por entonces, las alteraciones de este tipo eran aún, más que una utopía, una abrupta forma de subversión. Fue la rebelión de los cómicos algo impensado e impensable. Los bufones irredentos alzándose contra los señores. Algo había empezado a moverse hacia el 72: lucha por la funcion única, reivindicaciones salariales. Derechos elementales, sindicalismo primario, ante el que el ministro Fernández Sordo cerraba tenazmente los oídos. Y no era sólo cuestión de fidelidad a su apellido. Es que si legitimaba la capacidad negociadora de «la Comisión de los once», puro rojerío enmascarado y aún sin enmascarar, «el sistema se suicidaba». La negociación del Convenio Colectivo fue la causa, primeros días de febrero me parece. Días gloriosos. De la casa de los sindicatos partían emisarios convocando a la huelga; la onda expansiva llegó a Barcelona.

Recordemos a la Comisión, Rodero, Juan Diego, Alberto Alonso, José María Escuer... Los esquiroles, algunos afamados y progres, mejor silenciarlos. Hombres cultos como Jaime Campmany, y menos cultos como Martínez Emperador no lograron hilvanar con los insurrectos ni siquiera un principio de acuerdo. Campmany llegó a confesar que el asunto había pasado de la categoría sindical a la supracategoría del orden público. Y algunos actores y actrices fueron detenidos/retenidos en la DGS. Allí fue a rescatarlos el ímpetu racial, e imperial, de Lola Flores y la inocencia frágil de Rocío Dúrcal. Notas a vuela pluma, quizá inexactas. Manuel Vidal, hoy retirado a las marismas del Guadalquivir, entre el esplendor de su inteligencia - Gil de Biedma quería vivir entre las ruinas- , publicó un libro sobre la huelga de los actores.

En la portada aparecía Tina Sáinz haciendo la uve de la victoria. Tengo que encontrar aquel libro. Hoy Tina Sainz quiere comerse «la manzana aquí y ahora». Pero no la manzana bíblica de la rebelión y el pecado, sino la manzana menos ácida del oficialismo claudicante. No sé si aquello, la rebelión de los cómicos entrañables y tiernos, valió de algo ni cuántos irán ahora a la huelga. Pero fue hermoso mientras duró.

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