06 noviembre 2012

Julia Otero tiene mucho morro


Los «capos» actuales de Televisión Española, y sus sicarios y pelotas más cercanos, o bien, están inmunes al sentido del ridículo, o aspiran a un «master» en cinismo. Resulta obvio para cualquier espectador que siguiera la noche electoral en el primer canal. Hablo de espectadores receptivos, sin huellas de embrutecimiento televisivo, sin parentesco con robots. Ignoro si existían consignas férreas para distraer a los mirones expectantes, por medio de una tertulia inútil, distendida, planificada o involuntariamente estúpida, protagonizada por unos señores que parloteaban sobre la similitud de un espectáculo deportivo y el recuento de votos electorales, el sexo de los angeles y trascendencias por el estilo.

Ignoro, repito, si esa majadería era producto de la incompetencia, o si servía para retrasar, ocultar y manipular datos reales sobre el posible naufragio de los sociatas. Al mismo tiempo, las cámaras de Telemadrid, siguiendo la lógica más elemental, limitándose a justificar su profesionalidad y su sueldo, ofrecían las primeras declaraciones oficiales, otorgaban sentido al más poderoso de los medios de comunicación. El bochorno y la prudencia, aconsejan a los metegambas ancestrales, que, si se niegan a reconocer su error, permanezcan, durante un tiempo prudencial, con su tonta boca cerrada, sin alardes de chulería, sin vender lo invendible, disimulando su congénita mediocridad.

Esta norma no ha sido respetada por los responsables del engendro. En el último telediario del martes, dedicaron gran parte del metraje a ensalzar su despliegue informativo del domingo, a comparar su audiencia con la de los colegas autonómicos, a ofrecer cifras demostrativas de que los españoles están enamorados de la televisión estatal. Horas antes, Julia Otero nos recordaba la grandeza de la tele, al permitir que Boadella la criticara desde el propio medio. Más tarde, degollaron por el centro la secuencia más hermosa, terrible y significativa de La heredera (Olivia de Hallivand, subiendo por las escaleras irretornables de la desolación) para insertar publicidad, para mentirnos sobre las historias maravillosas de los trenes. Les da igual. No tienen problemas de estética. Tampoco de ética.

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