19 noviembre 2012

El ego de Pinochet


El apellido Pinochet sólo ha sobrevivido en Chile, porque en Bretaña (Francia) los últimos Pinochet ya han desaparecido. La llegada de Guillaume Pinochet, comerciante en paños de Cotes du Nora, en la aldea de Gouray, fue una jugarreta del imperio colonial español. A comienzos del siglo XVIII, la reina regente autorizó a los buques franceses para que recalaran en las costas americanas «y se le diesen los bastimentos necesarios». Lo que no imaginó el viejo Guillaume Pinochet fue que uno de sus descendientes daría fama universal a su apellido, convirtiéndolo -para miles de personas- en sinónimo de dictadura y absolutismo, de sangre y violencia.

En una larga entrevista publicada en forma de libro recientemente, Ego sum Pinochet, el general reconoce que «cuando esto termine, me gustaría ir a Francia, a París, a Bretaña y otras partes como turista». Cuando las autoras de la entrevista le recuerdan que allí probablemente le matarían, el general responde: «Aquí también me pueden matar. Los asesinos no seleccionan los países».

Como ocurrió el 7 de septiembre de 1986, cuando el Frente Patriótico Manuel Rodríguez (organización armada vinculada al Partido Comunista Chileno) trató de matarlo cuando regresaba de su casa en la sierra. Por momentos, muchos chilenos creyeron que había muerto en el ataque. Poco después apareció por televisión, con la mano vendada (una esquirla de vidrio de su Mercedes Blenz blindado le cortó la mamo), explicando con lujo de detalles cómo había sido el ataque.

En revancha, sus partidarios asesinaron esa misma noche a cuatro dirigentes izquierdistas. Pocos podían imaginar que este hombre que gozó del poder absoluto, que modeló a Chile a su antojo durante los últimos dieciséis años, iba a terminar como un turista común y corriente. Dinero no le faltará, eso seguro. Los opositores aseguran que la fortuna acumulada por Pinochet y sus familiares en todos estos años bien puede ascender a mil millones de dólares. Todos invertidos en diversos negocios. Su afición más conocida son los inmuebles.

A mediados de los años ochenta, se descubrió que Pinochet había utilizado su posición para adquirir, en nombre del Ejército chileno, una casa de recreo en las cercanías de Santiago. Además, hizo construir la Casa de los Presidentes, una fastuosa mansión situada en el barrio más exclusivo de Santiago, dotada con sistema de comunicación por satélites, un meticuloso servicio de seguridad y amplios salones. Pese a todo, Pinochet no es un dictador corrupto al estilo de los Marcos en Filipinas o Duvalier en Haití.

Cuando se destapó el escándalo de su especulación inmobiliaria, se negó a habitar la Casa de los Presidentes, aunque el Melocotón (la casa de recreo) la utiliza habitualmente. Quizás es su apariencia austera la que ha creado en la conciencia de los chilenos la idea de ue no es un «dictador bananero», ni tropical. De su presencia llama la atención el enorme anillo con un rubí que lleva en la mano. Es un anillo desproporcionado, que bien podría ser un símbolo de su pertenencia a algún club o sociedad secreta.

Con el tiempo, innumerables venillas le han aflorado en el rostro, lo que le da un aspecto sonrosado. El general no bebe y sólo acostumbra tomar zumos de frutas y una especie de poleo que él llama «agua de pasto». Quienes le conocen aseguran que es muy meticuloso y colecciona todo lo que cae a su alcance: lápices, gomas de borrar, clips, etc. Fuma, sólo en privado, unos exclusivos cigarrillos que le consigue un misterioso proveedor.

También le gustan los libros o, al menos, eso parece cuando se ve su biblioteca privada de treinta mil volúmenes. Sin embargo, su afición a la lectura es dudosa. Muchos de los libros ni siquiera han sido abiertos y como confesó hace algunos años para destacar que era «un gran lector»: «Todos los días leo quince minutos y después me duermo». Sin duda que el dictador no es un intelectual, aunque ha hecho declaraciones tan crípticas que los periodistas chilenos han tenido que revisar los libros de historia para descubrir el sentido de sus palabras. Como cuando perdió el plebiscito el 5 de octubre de 1988. Entonces dijo que él haría «como Cincinato, que fue llamado por los romanos para dirigirlos en una guerra, y después volvió a su casa y cogió de nuevo el arado».

Pinochet es un hombre profundamente supersticioso. Se pueden contar con los dedos de una mano sus pitonisos y astrólogos conocidos en Santiago. Durante años, los periodistas han perseguido a los videntes de Pinochet y el director de un periódico local admitió en una ocasión que había alterado el horóscopo correspondiente a Sagitario para tratar de influir en él. Profundamente anticomunista, Pinochet llama a Gorbachov «nuestro amigo» y asegura que es un hombre de «sonrisa delicada y dientes de acero».

Dice que el único momento en que creerá en la «perestroika» será cuando se celebren elecciones completamente libres en la URSS. François Mitterrand, a su juicio, es un hábil político, al igual que Felipe González. De este último opina que «tiene convencida a la gente de que está haciendo un Gobierno socialista democrático o una democracia socialista. Y yo no creo que sea posible una democracia socialista...Creo que es un proceso gramsciano».

Las visitas de Estado del general no pasan de la decena. La más controvertida de todas fue su viaje a Filipinas, invitado por el dictador Ferdinand Marcos. Las presiones del Gobierno norteamericano obligaron a Marcos a suspender la visita cuando Pinochet se encontraba en medio del océano Pacífico, sobre las islas Fiji. Después de eso, Pinochet no volvió a salir de Chile y defenestró a su ministro de Asuntos Exteriores. En una ocasión explicó que «hago el sacrificio de no salir de Chile para que todos los chilenos puedan circular libremente por el mundo».

Sus delirios de grandeza también le han llevado a compararse con Luis XIV o con el emperador Augusto. Símiles que han desatado las carcajadas de los ciudadanos.Frente al tema de los derechos humanos es intransigente. En una ocasión dijo aun periodista francés que tenía «adornada mi biblioteca con los informes de las Naciones Unidas sobre los derechos humanos en Chile». Su actitud campechana y sus raciocinios simplistas hicieron que durante largos años los opositores subestimaran el poder de Pinochet y su increíble astucia para mantenerse en el poder.

Resistió a las protestas populares de los años 1983 y 1984 a pie firme. Siempre cuando parecía que el dictador se tambaleaba y se quedaba solo, Pinochet conseguía recuperar la iniciativa y controlar la situación, aunque fuese a sangre y fuego. Su olfato político sólo le falló en octubre de 1988, cuando perdió el referéndum con que deseaba asegurarse ocho años más de Gobierno. Entonces trató de presionar a sus colegas militares para dar un golpe de mano y saltarse el resultado a la torera. No lo consiguió. Esa terrible noche del 5 de octubre de 1988 los chilenos pasaron por el desfiladero de la angustia, temiendo a cada momento una reacción brutal. Finalmente, el dictador quedó solo y aislado en el Palacio de la Moneda, entre sus colecciones de lápices y libros sin abrir.

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