03 octubre 2012

Un Don Juan que enamora


Puede darse por cierto que Don Juan, en un primer minuto, en algún instante de su germinación como mito, se enamora. Este hombre un tanto común, quizá dado al tedio en el que se engendra, en pocas ocasiones, la sutil melancolía, tuvo que sentir amor. Amor a una mujer debió experimentar, antes de ser envuelto por la aureola mágica del gusto, amor apasionado, amor compulsivo, total.

El amor como engranaje en el ente masculino es una construcción mental, de las funciones mentales superiores y no como el estereotipo dice engañosamente cosa de la emoción, del orden afectivo. El a'or viene elaborado por el pensamiento abstracto; él es el responsable de tanta confusión, de tanta desdicha, de tanta desesperanza, de tanto sufrimiento a fondo perdido. Este pensamiento abstracto trabaja como un arquitecto: coloca los cinco sentidos -vista, oído, etc- de tal forma orientados hacia el objeto amado, los lubrifica con tanta sabiduría, que ya no mira el yo emocional más que hacia allí, en la imaginación como en la aventura concreta. Agita los afectos también, con tal energía, vigor, que las estucturas emotivas se desbordan, en constante búsqueda de ese objeto amado.

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