15 octubre 2012

La guerra deja siempre sus rencores


Una mujer con velo camina junto a su pequeña hija a través de los rieles del tranvía en el centro de Budapest, cuatro pasos por detrás de su marido. ¿Es el Este o el Oeste? En la ciudad de Debrecen, a un par de horas por tren al nordeste de allí, dos judíos caminan calle abajo con su sombrío atuendo negro. Los rizos del más joven casi le llegan a los hombros. En un banco del parque de la ciudad, una gitana muy joven da el pecho a su hijo, y su marido la golpea en la cara. Musulmanes, judíos, gitanos. Esto parece una habitación de la «casa común europea» con un aroma desconocido y uno recuerda de pronto la antigua observación de que el Este comienza a las puertas de Viena. ¿Cuánto sabemos de la Europa islámica?

¿No están siendo expulsados de Bulgaria los últimos musulmanes? ¿No fueron aniquiladas las comunidades judía y gitana en Auschwitz? Hungría, con sus diez millones de habitantes industriosos y étnicamente diversos, se supone que es distinta: es el país del Este que ha establecido lazos más estrechos con el Oeste, su partido comunista tiene las tendencias más claras hacia la socialdemocracia, se trata del primer régimen comunista que, por la gracia del cielo, podría ingresar en el Mercado Común.

Y esto es obviamente parte de la historia. Casi de improviso me encuentro frente a la idea de Europa Central que me había descrito el historiador Zbynek Zeman -un producto de Checoslovaquia y Oxford-, a quien teníamos que ver en Austria. Zbynek habla de «la peculiar frialdad» de la Europa del Este. Lejos de ser fríos, como ocurre en el Oeste, ellos nunca se han sentido así y están lejos de serlo. En su libro más reciente, Perseguido por un oso (Chatto & Windus, 1989), Zbynek sugiere que las dos partes de Europa estaban embarcadas en diferentes viajes antes de la gran división causada por la segunda Guerra Mundial.

En la primera mitad del siglo XX, «la inmensa mayoría de los europeos del Este vivían en circunstancias del todo distintas a las que disfrutaban los del Oeste». Primero habitaron en imperios multinacionales; luego, en países que fueron definidos nacional mente pero llenados con amplias minorías. Y finalmente, tras 1945, las minorías se vieron obligadas, nuevamente, a reagruparse. Hay mucha historia que digerir aquí y Zbynek señala, hablando de los pueblos del Este, que «sus valores y costumbres no son los mismos que los de la gente de los países industrializados». Sostiene que «Occidente no debería esperar que el Este se convierta en algo semejante al Oeste, o que buscara su seguridad en un proceso de ese tipo».

Llego a Budapest con el entusiasmo de un recién converso. ¿No domina toda la última década del siglo XX el redescubrimiento de Europa del Este por su complementaria del Oeste? Puede que no. Porque la Europa del Este resulta ser algo que nunca conoceremos bien en el mejor de los casos. Y, en palabras de un viajero del siglo XIX citado por Zbynek en su libro, «cuanto más avanzamos de Oeste a Este, más nos salimos de Europa. Esta Europa se reduce finalmente al ferrocarril, a los bares de las estaciones de ferrocarril, y, aquí y allá, a hoteles al modo europeo. Budapest es así.

Pese a la apariencia europea -y la estación de ferrocarril fue diseñada por Eiffel- es otro mundo de rencor étnico y denostado patriotismo que no ha desaparecido con el tiempo. Hungría sigue estando, como entre guerras, profundamente amargada por la pérdida de territorios ocasionada por los tratados al final de la Gran Guerra. Se siente aún responsable de esos húngaros (la mayoría en Rumania y Eslovaquia) que viven en tierras que una vez fueron húngaras. Y en la atmósfera de libertad y de «glasnost» que ha brotado en los últimos años, este chovinismo ha ocupado la delantera. Cuando el telepredicador Billy Graham se presentó en Budapest el otro día con uno de sus habituales shows, fue censurado inmediatamente por no tomar partido por los húngaros en su lucha contra la ocupación rumana de la región de Transilvania.

Todo esto no nos resulta desconocido. Me recuerda las quejas ecuatorianas sobre la porción de su territorio que ha sido ocupada por Perú, o las de Bolivia sobre el robo chileno de su costa. Estas disputas pueden desaparecer, pero pueden también costar la vida. Antes de quedarnos con el proyecto de «casa común europea», necesitamos comprobar con sus habitantes qué nuevas particiones se deben hacer.

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