14 octubre 2012

Hay viajantes con suerte

De acuerdo con la segunda obedece a un amo todopoderoso, acaparador, entrometido, de mil ojos, mil oídos y mil bocas, sentado en un trono de oro y que empuña un rayo en una mano y un mando a distancia en la otra.

En ambas posiciones -o en ambas naturalezas- se da una suerte de dialéctica cuya síntesis es un entrenador triunfante, en cuyo historial, aparte de la conquista de la Liga italiana y de la Copa de Europa, figurará para siempre una característica con honores de soporte biográfico: haber detenido por dos veces al Real Madrid en su ruta hacia la gloria; haber convertido a los dorados vástagos de la mejor historia del fútbol mundial en un eterno cachorro, y haberlo sumido en una dolorosa, insoportable crisis de identidad y de confianza. Sacchi es también a partes iguales un hijo del trabajo y de la suerte, del talento y del azar. Y de su propia mediocridad como futbolista.

Si en lugar de haber pateado en su juventud el cuero como un oscuro centrocampista de contención en un equipo ignorado hubiese oficiado de verdugo del área enemiga, o de geómetra ilustre en lo que los clásicos llamaban «zona ancha», tal vez no sería hoy, a los 43 tacos, lo que es: un catedrático ante el que hay que destocarse; Pero su opacidad balompédica con el esférico en los pinreles dejó intacto su apetito de fama y, sobre todo, de sabiduría. Durante su etapa de viajante de calzado, y en los ratos libres que le dejaba su itinerante profesión, visitó todos los campos habidos y por haber. De cada uno de los infinitos partidos contemplados, de cada uno de los innumerables entrenamientos vistos, de cada uno de los entrenadores avizorados aprendió algo.

Y fue convirtiéndose en una enciclopedia siempre abierta a nuevas páginas. El destino se cruzó con él cuando entrenaba al Parma, en la Segunda División. El sorteo de Copa emparejó a su equipo con un histórico venido a menos: el Milán. Esa era la oportunidad que pasa por tu puerta una vez en la vida y a la que hay que subirse en marcha, a riesgo de romperse la crisma. El club lombardo acababa de ser adquirido por un magnate forofo llamado Silvio Berlusconi, que quería hacer de la entidad una poderosa fuerza con pretensiones hegemónicas.

Cuando el Parma, con un pressing revolucionario como arma más dañina, gana al Milán, un carro de oro y fuego gobernado por un auriga ciego y sordomudo arrebata a Sacchi y lo deposita en el despacho de mármol y caoba de Berlusconi. El rey de la televisión, como todo monarca absolutista pero que recibe el poder de Dios y de sí mismo, no tuvo más que obedecer a sus impulsos y exclamar ieureka! para contratar a aquel tipo que se había quedado calvo y canoso de tanto cavilar. Atenea nació de un hachazo en la testa de Zeus, y Sacchi de una palmada en la frente de Berlusconi.

«Arrigo ¿qué?», dijeron los jugadores milaneses. «Arrigo ¿qué?», repitieron los aficionados. Aquel técnico que procedía de las catacumbas no parecía el mas idóneo para pastorear astros. Así que cuando iel Español! apagó a jarros dé agua fría a las estrellas rojinegras, Sacchi sólo fue sostenido por la intuición del jefe, virtud que en los grandes «self made men» adquiere una fiabilidad sobrenatural. Arrigo Sacchi, el antiguo viajante de calzado, no ha perdido a medianoche ningún zapato de cristal. Hace tiempo que se desprendió de todo su muestrario, excepto de unas botas de siete leguas.

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