09 octubre 2012

El hombre misterioso


Su masculinidad, de repente disparada por un objeto exterior, le lleva a una sensación incierta, de angustia ante lo desconocido, de temor ante el abismo. Se ha econtrado, este Don Juan, con el amor en estado puro, con el vértigo de la atracción física, con el secreto del afecto erótico, con la presencia, en una mente que pensó poco, de un ente femenino del que, probablemente, casi no tenía la menor noticia. Los indios Sioux (según el relato de Alce Negro, recogido por J.E. Brown) tenían, en los tiempos primordiales, la historia de su mito con la llegada de la mujer bisonte, con la que se encuentran dos hombres, y uno de ellos que siente el deseo camal hacia ella, muere destruido. Don Juan siente también ese deseo, pero lo niega, lo rechaza, el miedo le invade y escapa. Toda la via de Don Juan es una huida de su propio miedo, de su propia inseguridad.

No hay más patología en este hombre atemorizado por sus sucesos interiores, que la de cualquier ser vivo que siente, por un instante, la potencia terrible de la sexualidad afectiva. A patir de ese momento, cuyos engranajes era forzoso describir a modo de pista o de luz en la tiniebla del incierto camino, gracias (o más bien a pesar) de ese brote sensual, comienza la extremada dificultad de su paso por la tierra. Aquí empiezan sus desgracias, sus acciones automáticas, sus rituales toscos.

Su falsa aventura de seductor. Porque Don Juan no es el seductor, sino el seducido. No es el que rompe corazones, mujeres, seres maravillosos que le aman tiernamente. Más bien es al revés: Don Juan es el seducido, por el juego mismo de su sentir la envoltura y la espina, la carcasa y la médula, de su amor. No es, tampoco, víctima de las mujeres. Es víctima de sí mismo. No sabe qué hacer y ofrece, en los escenarios y en las calles, allí donde su sombra desdibujada y un poco lamentable se insinúa, su indiferencia. La «bella indiferencia», que es así como Pierre Janet describió la histeria, como síndrome de un grave conflicto psíquico que es observado por el paciente con una extraña frialdad.

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