05 octubre 2012

Acudía a las citas puntual como un reloj

«Es usted un reloj metido en un frigorífico» se le queja Nathalie Sorokine al Castor. Una hora de desayuno, lectura en el Dóme, Liceo, comida con Bost, tres horas y media de trabajo, vino tinto con Bost durante hora y media y otra vez trabajo en el RondPoint, desde donde el Castor va a cenar con la Sorokine. En el reparto riguroso del tiempo hay dos tardes por semana con una, dos tardes por semana con la otra, una tarde sí y otra no con Olga, hora y media aquí, hora y media allí. Trabajo, citas, todo está calculado, incluidos los desplazamientos, los trayectos, las perturbaciones, los retrasos... El Castor se convierte en madrina del soldado Sartre. Le envía libros, cartas, detalles, más detalles y otros chismorreos, pero en ese revoltijo estamos lejos de la inventiva que demuestra Sartre en su propia correspondencia. Estas 321 cartas del Castor pasan a través de la cotidianidad cronológica con una ofuscación en lo banal y una obsesión por lo exhaustivo que convierten cada carta en una especie de túnel.

Todo vale. El Castor no clasifica. Y en ello estriba una de las sorpresas de su correspondencia, en el hecho de que la vida que relata sea tan pobre y tan compleja a la vez, llena de combinaciones, citas, conjuras, pequeños planes, un universo enclaustrado, exiguo y asfixiante. Ir de café en café, de Louise a Olga, del hotel a la estafeta de correos, del cuaderno al papel de cartas, todo se desdobla, corriendo el riesgo de embrollarse. Todo se repite también, desde el Diario a las Cartas y de una carta a otra. No se nos dispensa de nada. Aparte de Sartre, que es el destinatario de esas cartas y la referencia fundamental de los mil y un recorridos entre habitaciones y cafés, el reparto de papeles implica a algunos comparsas.

No hay comentarios:

Publicar un comentario