27 septiembre 2012

Katy Perry en la pasarela


Noche de alfombra roja en Manhattan. El Instituto del Vestido, perteneciente al Metropolitan Museum, celebraba, como cada año, su gala. Dedicada a la «modelo como musa», taponó, siquiera durante unas horas, la hemorragia que carcome el tejido de la ciudad. A pesar de la lluvia, los apagones bursátiles, el desplome en las subastas, la contracción del PIB o el paro, Nueva York ponía la vida en el tablero para convocar a una galerna de estrellas. Como en los días del viejo Hollywood, los protagonistas transmitían el mensaje implicito de que, a pesar del diluvio, alguien todavía ondea los estandartes del lujo.

No faltaron, entre otros, Bono, quien descuidó por un día sus humanitarios designios; tampoco Justin Timbarlake, fibroso sueño de adolescentes, que acompañado por una Jessica Biel en rojo sangre subió los peldaños, amparado por el relumbrón de los flashes, con porte imperial. La lista de cantantes se completaba con la talentosa Rihanna y una Katy Perry con telas azules, cortesía de Tommy Hilfiger. «Me siento como Cleopatra», comentó sonriente. Quien fuera durante años zahorí de la moda, reina bravía que oteaba tendencias antes de materializarse, o sea, Madonna, apareció con un dudoso tocado, a mitad de camino entre el Far West y Playboy. Tal vez, comentan las lenguas de tijera de la revista Radar, con la que tiene encima (adopciones frustradas, compra de palacios en Park Avenue, etc.), haya perdido su infalibilidad fashion. Quizá sea un despiste pasajero, apuntan, o es que ya se ha hartado de ser la más lista de la clase.

Quien estaba guapísima fue Hilary Swank, aunque para cronistas como los del Washinton Post el vestido naranja que paseó desmerecía su figura. Guapísima, como un caramelo inoxidable, lucía Cindy Crawford, de azul eléctrico y asomando muslamen, con sello Versace. Compartía firma con otra supermodelo, más joven, Gisele Bundchen, mientras Eva Mendes, pecado moreno, incendió Central Park vestida en plata por Calvin Klein, y la otra Eva, Longoria, paseaba con escote muy sexy y negro ajustado. Los especalistas del guardarropa, los catedráticos de la falda y los entomólogos del cutis ronroneaban de puro placer y los fotógrafos, a gritos, pugnaban por encontrar el perfil soñado de la siguiente guapa. Todo el mundo seguía el desfile con la lengua fuera, apostando por quién sería la más austera, quién la más valiente y quién la más torpe.

En el capítulo de audaces destaca la estupenda Renée Zellweger, que optó por el verde oliva, así como Molly Sims, de dorado, a la que un espectacular bolso de pedrería no sirvió para ocultar su dudoso mini dorado. En rosa, Rosario Dawson. Elizabeth Hurley y Ashley Olsen, más discretas, precedieron a Selma Blair, muy criticada entre las cotorras del ramo por su elección. Como Blair, en negro lustroso, pero más elegante, resplandecía Kate Beckinsale, cuya enorme falda añadía un punto de heterodoxia a la tarde/noche. Kim Raver, actriz de Lipstick Jungle, apareció, también en negro, con un hombro descubierto, al igual que Victoria Beckham, omnipresente en su faceta petarda. La guapísima Brooke Shields ponía el contrapunto sensual a la gran Marisa Tomei, elegantísima de blanco crudo.

Más feroz, Tyra Banks retaba a los fotógrafos posando como un rayo, e Iman, esplendida y susurrante, ejercitaba la rara, por infrecuente, suerte del marketing con alma. Otra antigua diosa del colorín, Helena Christensen, rasgó la alfombra haciendo titilar sus cristales, y Heidi Blum, embarazada, pasmaba a los cronistas con un vestido de J. Mendel que, asegura Joseph Amodio en Newsday, necesitó más un mes para completarse. Michael Kors fue el diseñador elegido por Lauren Hutton, fragante en rojo y negro. La actriz Mary Kate-Olsen, en grises y platas, la pareja formada por Hugh Dancy y Claire Danes, Liv Tyler, Jessica Biel o el actor Bruce Willis añadieron glamour, prestigio, brillo y locura al cante de los muy famosos, de los astros y modelos, sastres y actrices que mezclaron moda y joyas en la jornada en la que el Metropolitan abandona su cara adusta para fregarse con purpurina.

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