22 septiembre 2012

Bonsais y gardenias para ti


Iberia no good!», «¡Iberia no buena!», suelta a bocajarro como dardo tribal envenenado un japonés rodeado de varios japoneses a un español en el aeropuerto de Milán (5 de junio pasado). Acaba de anunciar Iberia que el avión procedente de Madrid tiene «de momento» una hora de retraso. El español que acaba de recibir este disparo nipón en su orgullo ibero, (los portugueses no cuentan, claro) reacciona. He estado por decirles, ¿Iberia no good? Ustedes de lo que más presumen es de puntualidad, ¿no? Bien y entonces, ¿por qué llegaron tarde a Hiroshima y Nagasaki? ¡Se metieron los bonsais nipones con los sequoias americanos y éstos se los comieron! Este español acababa de desahogarse con otros españoles poniendo «de chupa de dómine» a Iberia cuando se enteró del retraso anunciado. Pero cuando el nipón le disparó el «Iberia no good», su ordenador cerebral activó el densitómetro emocional de las ganas de ganar tribales. El sábado observo a una familia española pegados a la tele, siguiendo con pasión tribal cada paletada de Arantxa Sánchez: «¡Vamos Arantxa! ¡Cómete a la yugoslava! ¡Meriéndatela! ¡Vamos!» 

Cada tanto que gana Arantxa se traduce en una recompensa emocional que cada ordenador cerebral paga puntualmente a todo «hijo de vecino programado con el programa de la eñe y de la paella. Como las hormigas, las abejas y los lobos, todos estamos programados como equipos territoriales en un orden importante de cosas. Cada tanto obtenido por alguna arantxasánchez, algún severianoballesteros, algún cela, algún velázquez, alguna montserratcaballé, algún federicomayorzaragoza se traduce en un salario emocional que nos paga el ordenador cerebral. Cada ataque de cualquier nipón o extranjero se traduce en una dosis emocional amarga que el ordenador cerebral nos hace tragar. De todos los juegos territoriales o tribales, ganar una guerra es el placer más exquisito que el ordenador cerebral tiene reservado a los cofrades de la geópolis vencedora. 

Contemplemos a los aztecas celebrando sus guerras ganadas; miremos a los británicos dando gracias a Dios en la Abadía de Westminster por haber machacado el orgullo de los argentinos; veamos a los ejércitos romanos desfilar y pasar por el arco de la victoria: han machacado el orgullo de cartaginenses, iberos, galos, judíos; sentémonos a contemplar al «Oso del Desierto» desfilar con sus «boys», mientras la supertribu de la Coca y del Patriot jalea: «Bush, Bush, Bush». Nada une tanto a los hormigueros de todos los tiempos como la guerra ganada. No veo en el desfile de la victoria sentados ni a Martin Lutero King ni al Mahatma Gandhi. No están tampoco los padres de los niños que murieron machacados por los patriot. Son unos aguafiestas como Cristo.

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