20 agosto 2012

Sofía Vergara y la Dama de Elche


La belleza de sus rasgos y su perfección siguen asombrando a quienes la contemplan. Por eso, ha sido la obra más votada por un jurado de expertos. La Dama de Elche ha superado al Pórtico de la Gloria y al Doncel de Sigüenza.

Desde hace más de 2.000 años, mira pudorosamente con los iris vacíos, en contraste con la ostentosa riqueza de sus joyas y de su tocado. Son los atributos de la divinidad, ella es la diosa de la vida y de la muerte. Una escultura de rara perfección, ambigua e intrigante. Desenterrada al filo del siglo XX, el cúmulo de detalles, prodigiosamente esculpidos, desvela muchos datos sobre una España antiquísima, muy parecida a sí misma desde entonces. El toro, la mantilla y la peineta ya formaban parte de la cultura ibérica. Antes de inmortalizarse en piedra, la Dama de Elche fue una imagen venerada, vestida con telas y joyas reales.

La Dama dormía desde la noche de los tiempos, enterrada en los campos de Elche. De su sueño eterno la despertó, por casualidad va ya para un siglo, en 1897 un agricultor a golpe de azada. Aparece casi intacta, protegida por una caja de piedra con los huecos rellenos de arena cuidadosamente. Al principio, el propietario del terreno la tiene en su casa, pero la gente la quiere ver y la saca al balcón para contemplación pública. El famoso hispanista Pierre Paris está allí casualmente, para ver la representación del célebre Misterio de Elche, y se encuentra con este espectáculo formidable. Catorce días y 4.000 francos le bastan para comprar la extraordinaria pieza para el Louvre. Y cuarenta y tres años tardará el Gobierno español en recuperarla. Hoy, como cumbre del arte ibérico, preside las salas del Museo Arqueológico Nacional.

La Dama de Elche es un busto de tamaño natural en piedra caliza, en el que el cincel ha dejado una obra delicada y fiel en todos sus detalles. Una obra dual, en parte parece la máscara hierática de un ídolo y en parte el retrato de un ser vivo. Las facciones finas, la boca levemente roja (aquí y allá conserva restos de la vieja policromía) y la mirada, concentrada y perdida, de unos ojos rasgados en los que el artista, con una técnica inusual, horadó minuciosamente el iris, le dan el toque humano. Cubierta por leves túnicas de piedra, arropada por un manto, el resto es una profusión de adornos de extraordinaria riqueza que simbolizan el poder y divinizan al personaje. La funda que ciñe la mantilla llega hasta la peineta y sujeta dos grandes discos laterales. Éstos, el collar y los asombrosos pendientes como racimos de vasijas, deben ser copias de su original en oro, un tocado que al parecer se llamaba entonces pandereta.

El atavío es típicamente ibérico y se encuentra, con menos riqueza, en otras estatuas. Lo extraordinario en la Dama de Elche es la sorprendente maestría del artista en una época tan remota, y su exactitud desvela muchas claves en una pieza única que plantea no pocas interrogantes.

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