23 agosto 2012

Lugar de los corazones rotos

En un momento del concierto, John Cale, solo frente al desorden de la sala envuelta en humo, parece vacilar, inclina levemente la cabeza, deja caer los hombros, en gesto que sugiere algo muy parecido a la resignación o la derrota. En ese breve instante, que precede al pausado martilleo del piano anunciador de un Heartbreak Hotel («El hotel de los corazones rotos») desolado, puede adivinarse la irrupción, difícilmente soportable, del destino. Y la voz inicia la salmodia que acabará en alarido roto. Una vez más, travesía del infierno. Rock and roll. Lasciate ogni speranza... Lo hemos sentido otras veces. Pocas. En ese momento, sustraído al tiempo, en el que el músico no es ya él, sino, en él, todos los suyos. Envejecer es esto: adentrarse en el territorio que los muertos configuran, como un monumento en ruinas, la memoria. Y en él, este último fantasma épico del siglo que se acaba: rock and roll, memoria. Pocas veces acontece. 

Burdon, hace unos años, por ejemplo, en el final de una larga noche de rock y rythm and blues, acogiendo, una vez más a la «jodida canción», aquella House of the rising sun., la más largamente agónica que hayamos escuchado nunca. Fue a dos pasos de este sótano en el cual John Cale destripa el alma, ahora, de la vieja canción de Elvis Presley, para dejar bien claro hasta qué punto, cuarenta años casi más tarde, sólo queda ya en ella sufrimiento. «Rimembranza acerba». Un algo leopardiano late en el polvoriento sótano, en las raídas cortinas, el anacrónico espectro de un lugar imposible, mientras Cale escupe, solo con sus dos teclados, palabras en cuya ferocidad ha ido astillando aristas el paso de los años. Casco de botella roto, imprevisible. El tempo martillante de un piano eléctrico quiebra el espacio. 

Más duro que el acero aquel que se templara en sueño rematado en pesadilla. Sólo pesadilla, ahora, ese repiqueteo. Apenas si, en un par de momentos, sobre el segundo teclado, la mano izquierda ha contrapuesto una secuencia cálidad de tonos bajos, como un elíptico homenaje al tiempo ido. Y no se mira nunca atrás, porque todo es presente -y el presente es nada-, todo ahora, y el mundo está completo en este sótano destartalado, y la princesa del Chinese envoy es un guiñapo abandonado y el muchacho blanco sigue apoyado en la misma peligrosa esquina en la que lo dejó Lou Reed y cuenta sus monedas en el bolsillo, mientras espera, espera... Veintidós años más tarde, sabe ya que sólo la espera de nadie vale toda la pena acumulada en el camino. Sobre la escena, el músico. Soledad. Nada nos quedará, tal vez, en la memoria de este siglo que no sea la herida de estos pocos instantes. Nada del otro mundo: quizás, nuestro destino. Sólo rock and roll...

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