01 julio 2012

Sigue habiendo españoles en el Líbano


Hay un lugar en Kafer Kela, al sur del Líbano, en el que las piscinas sólo tienen agua cuando llueve. 

Ese lugar está junto a la Blue Line, la línea imaginaria que divide Israel y el Líbano, y esas piscinas fueron construidas con un único propósito, que no es refrescarse en verano: recoger el agua que, cuando llueve en Israel, vierte en Kafer Kela. Agua maldita. Agua impura. Cuando se llenan las piscinas, unos camiones las vacían, transportan el agua unos kilómetros y la vierten en el lugar apropiado para que vuelva a Israel. Aquí, en el sur del Líbano, donde los problemas de agua son endémicos. 

La historia, una más de las muchas de este tipo que se producen a lo largo de los 128 kilómetros de la Blue Line, la relata el teniente Miguel Ángel Matia, miembro de la compañía de Infantería de Marina que permanece desde febrero al pie del cañón en la frontera más delicada del mundo. Lo explica con la parsimonia del que, pasado un tiempo, ya no le sorprenden este tipo de disputas, aunque es perfectamente consciente de que, aquí, una disputa puede convertirse en un incidente, un incidente en un conflicto y un conflicto en una guerra. Ha ocurrido en demasiadas ocasiones. 
El teniente Matia habla desde lo alto de un BMR, el emblemático blindado que se hizo famoso en los Balcanes en los 90, que en Líbano sigue operativo y en el que se realizan buena parte de las constantes patrullas que hacen los militares españoles y que constituyen una parte fundamental de su misión. Desde 2006 se han hecho más de 100.000. 

Son las 16.00 horas y ahora, en plena primavera, las piscinas están vacías y tranquilas. El lugar queda rápidamente atrás y entramos en la zona del muro que Israel está construyendo en Kafer Kela, iniciando el recorrido a lo largo del tramo de Blue Line que está bajo responsabilidad española. 
Los infantes de Marina pueden ir dentro del vehículo, pero desde el inicio la orden es clara: «Vamos fuera; la visibilidad y el contacto con la población es fundamental». La frase del teniente Matia no deja de ser un tópico, pero es un tópico real. Y los militares españoles lo saben bien. Cuando llegaron aquí en 2006, el recibimiento no fue precisamente bueno y hubo momentos difíciles con una población reacia a aceptar la presencia de tropas extranjeras. 

Seis años después, la relación parece mucho más fluida. Hay costumbre, y la mayoría de los civiles con los que nos cruzamos apenas presta atención a una imagen que ven todos los días. Hay confianza, y la gente ya no mira con suspicacia a las tropas internacionales. Y también, claro, hay dinero, en forma de proyectos de cooperación, y eso ayuda bastante a ser bienvenido. 
A bordo del típico BMR y realizando la típica patrulla, lo previsible es asistir al saludo a los civiles de unos soldados, los españoles, que se han hecho famosos por su cercanía con la población local allí donde se despliegan. En efecto, así ocurre. De nuevo otro tópico, pero de nuevo real, sobre todo cuando pasamos al lado de los campamentos de refugiados sirios, de los que llevan aquí varias décadas y que son los más pobres de este pobre lugar. 

Cuando se lleva una hora de patrulla, todo parece bastante sistemático y relajado, como si no acechara ningún peligro. En buena parte es así, porque el objetivo principal es simplemente hacer presencia. Que los israelíes vean que los cascos azules controlan la zona. Que los libaneses perciban que la ONU está ahí de forma permanente. No obstante, los infantes de Marina permanecen en alerta, porque peligros, haberlos haylos, ya sea alguien que se acerque a la Blue Line con dudosas intenciones, ya sea un artefacto sospechoso como los usados en los tres atentados contra los cascos azules que ha habido el último año. 

Son las 19.30 horas. Concluida la patrulla diurna, la Legión toma el relevo para hacer otra, que será nocturna y que además se realizará de forma conjunta con las Fuerzas Armadas Libanesas. 

Aquí las cosas cambian. Frente a las decisiones que iba adoptando el teniente Matia -ahora vamos con el BMR por aquí, ahora vigilamos lo que hace ese vehículo-, el teniente José Carlos Moreno aclara que en las patrullas conjuntas están a lo que manden los libaneses. 

Aparecen los soldados de las Fuerzas Armadas Libanesas. Hablan mal inglés y nada castellano, pero la comunicación es lo suficientemente fluida y cordial. Hay un plan de patrulla, que incluye un tramo a pie, pero, en efecto, son los soldados locales quienes toman las decisiones. Ellos van delante, los legionarios detrás, siguiéndoles. 
Nos dirigimos a una loma, desde la que se divisa Khiam. Es el bastión de Hizbulá en la región y prácticamente el único sitio en el que se producen ocasionales incidentes con la población durante las patrullas. El último, hace unas semanas, ha provocado que las tropas lleven un tiempo sin patrullar por sus calles. Libaneses y españoles lo saben perfectamente, y cuando tras abandonar la loma nos acercamos a Khiam, se bordea convenientemente el casco urbano. 

Pasadas tres horas, la patrulla finaliza. Un día más sin problemas. Un día más de avance hacia ese momento en que la ONU pueda ceder a las Fuerzas Armadas Libanesas la seguridad de su propio país y España, Francia y los demás puedan retirar sus efectivos. Tras la despedida, los soldados libaneses se alejan. Dentro de no mucho, quizá tengan que patrullar en solitario. Claro que quizá no. Porque aquí, es bien sabido que una pequeña disputa puede convertirse en un incidente, un incidente en un conflicto y un conflicto en una guerra.

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