26 junio 2012

José Tomás un gran torero

Entre la fortaleza de blanco ladrillo visto y el rojo a la luz de la plaza de toros de Badajoz, había una abismo de aliento de fuego y estética. El Toreo, así la llamaron en su bautismo del 67, hermana por fuera y por dentro con Las Palomas de Algeciras. Si en la fachada le colocan el cartel de Cárcel Modelo de Barcelona, hubiera existido ayer overbooking de presidiarios de una pasión. Forzado por la responsabilidad acudía El Juli con su hombro descuadernado. Su presencia confería un rango mayor y profundo sentido a la reaparición que no era reaparición, a la vuelta sin ser regreso, a la cosa tomista, al acontecimiento. 

La ciudad ardía como un horno crematorio. Los aficionados como zombis en llamas economizaban en tropel los movimientos y la respiración. Hay un algo sexista en los modos de combatir el calor. Ellos aplicados al güisqui on the rocks, ellas imparables en el batir de abanicos. Todos sentados en la mismas piedras ardientes, en combustión la fe y la esperanza: 13.000 almas envueltas en la calima sahariana. 

Cuando sonaron los clarines, la temperatura subió más si cabe. Padilla de malva, JT de azul pavo y Juli de nazareno con estoques de empuñadura invertida en el fundón por si la lesión le obligaba a matar con la izquierda. Los tendidos rendidos en una ovación, el saludo clamoroso, la Fiesta en apogeo en medio del desierto. Todavía se escuchaba el corte vertical de la trituradoras agoreras de grandes medios que en los últimos días se arrogaban el bastón de mando de una falsa defensa de la Tauromaquia, cuando JT y Juli se estrechaban la mano a hombros de una tarde magistral por encima de apoteósica.

José Tomás había vuelto a vestirse de oro nueve meses exactos después del 25 de septiembre de 2011, defendida Barcelona hasta la muerte.

Para no variar las viejas costumbres, la suerte no le sonrió a José Tomás: el toro de Domingo Hernández salió abanto, suelto, con la vista extraña y perdida. JT en el platillo aleteó unas sutiles chicuelinas, una arrastrada como media verónica inacabada. Hubo de poner el torero los cinco sentidos y un valor sereno y sin mácula en la distancia corta con la muleta, donde menos se sorprendía el garcigrande de Domingo. De los estatuarios prologales a la izquierda que extrajo con tacto lo que no había en las embestidas rácanas, titubeantes, pensativas. Ni una duda y el trazo por abajo. Un arrimón en serio. Medio trapo asomado. Una espaldina en mitad de una faena a pulso con el ritmo ausente del toro. Y por tanto extensa hasta las manoletinas del adiós. Una estocada casi a topacarnero, trasera y defectuosa. Un aviso y una oreja trabajada.

No se concebía que El Juli saliera de otra manera que no fuese a revientacalderas. Ya desde las verónicas con los vuelos barriendo la arena, el pecho por delante o casi por encima. Ni gesto del dolor en el hombro, quizá por la infiltración. Un puyazo y un quite por chicuelinas de expresión. Muy arrabatadas. Como arrebatado estaba El Juli con el buen toro de Domingo Hernández. Tres molinetes como apertura de faena con la suerte cargada. Una faena que cobró más peso y sosiego en una tercera tanda sobre la mano derecha inmensa, desprovista de los gestos y movimientos un tanto atacados. La presión aplastante. De ahí en adelante Juli fue el puto amo con la revolución en las venas. Rotundo siempre más y mejor en redondo, como el toro. Tres molinetes zurdos abelmontados como postre o guinda de una obra exacta. Salvo por el espadazo excesivamente trasero, fruto del empuje al cuarteo. Dos orejas de pura ley. 

Entre los ases, Juan José Padilla. El ejemplo de remontada ante la vida fue espejo de su actuación. De menos a más. En su mano estuvo el lote. Y en su mano el menos y en su mano el más. La mano no paró el castigo excesivo del buen primero y midió como reparación al excelente cuarto. Padilla entonces banderilleó y disfrutó de las cualidades bravas del garcigrande de bella muerte. 
Y el punto y aparte de José Tomás con el quinto de freno y marcha atrás. Brutal de temple y pureza. De repente el toreo con mayúsculas. Otro toreo. Sin desplazamientos. El toreo por su cauce clásico. De uno en uno -no había otra-, la muleta al hocico. En el tercero de cada serie, el toro malandado hacia la paradinha en mitad del viaje. Ni un amago, ni un pestañeo en la juncal verticalidad. A base de templanza el mando y la zurda. Y el aguante en una tanda de derechazos con un parón terrible. De freno y marcha atrás en la embestida, que ya está escrito. La densidad del aire se cortó con un cuchillo. Las puntas rozaban la taleguilla. Y la última serie al natural para la memoria del 25-J. Inconmesurable. La plaza se volteó sobre sí. Clamor en la estocada y clamor en las orejas. 

El espectáculo de otra dimensión continuó sobre la ambición de Juli y el basto y bruto sexto. Bárbaro Julián de poder y exposición. Tremendo el duelo presentido. Palpable. Indomable la raza y los redaños como pisapapeles. La fuerza forzada de un figurón. Un desplante y un espadazo de crujido. Otras dos orejas a conciencia. Qué dos figuras del toreo. Qué espectáculo. Estilos, fondos y formas de lado. JT y Juli marcharon a hombros, se estrecharon la mano. Otra Fiesta existe. 

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