01 abril 2012

Un escritor comprometido

Para Erri de Luca (Nápoles, 1950) la escritura es, antes que nada, un ejercicio de memoria. De los movimientos revolucionarios de izquierdas (militó en Lotta Continua) a las misiones humanitarias en las guerras de Bosnia y Sudán, pasando por el trabajo de albañil o la traducción de textos del hebreo antiguo, la vida de De Luca tiene suficientes elementos como para que el hecho de inventar una historia le resulte algo innecesario y ajeno. Los peces no cierran los ojos (Seix Barral), sigue rescatando recuerdos; en este caso, el primer amor infantil del autor, en el verano de sus 10 años.

Los libros de Erri de Luca son todo menos libros de memorias. Su prosa poética, los recuerdos entremezclados de distintas etapas de su vida y sus reflexiones sobre el mundo los sitúan en un lugar único dentro de la narrativa contemporánea. De cuerpo seco, movimientos pausados y ojillos azules escondidos en el cráneo, el escritor italiano no se ajusta ni al modelo habitual de escritor ni tampoco al de obrero.

«Mis historias ya han ocurrido, pertenecen al pasado», explica desde la cafetería de un hotel de diseño en Madrid. «Por tanto, lo único que tengo que hacer es encontrar el tono de voz de quien las cuenta. Una vez que oigo esa voz, las palabras vienen solas», dice sobre su sistema de escritura.

En el caso de este libro, el detonante fue un «jubileo», según su expresión: «Esa distancia perfecta de 50 años entre el hombre que soy y el niño que fui. Por muchos años fui militante revolucionario y hoy me considero un descendiente de ese yo. Me gusta pensar que si ese hombre hubiese seguido adelante por la vía revolucionaria, ahora podría estrecharme la mano con él. Pero creo que no podría hacerlo con aquel niño que fui, como si él fuese alguien mucho más íntegro de lo que soy ahora».
De Luca mira a su alrededor y dice que no hay nada en esta orgía de pantallas, flúor y dinero que le llame la atención. «Soy un huésped de este mundo moderno, un hombre del siglo XX que está viviendo una prórroga», afirma. «Las personas de ahora son más espectadores que actores. Es como si la televisión hiciese para ellos una puesta en escena del mundo. Algo bastante cómodo».

Conoce lo que es luchar por cambiar la realidad. Una postura que ha dejado atrás, aunque de la que tampoco reniega. «El mundo cambia rápido, aunque uno se mantenga firme y quieto. Por eso da igual intentar empujarlo desde alguna parte», argumenta. «No me considero un escritor comprometido. Lo que sí he hecho ha sido tomar varios compromisos en mi vida», dice, para luego poner un ejemplo: «Conocí a un poeta en Sarajevo, durante el asedio a la ciudad en la guerra de Bosnia. Con sus versos se habían jurado amor generaciones enteras de novios. Y él decía que si era responsable de la felicidad, también debía ser responsable de la infelicidad. Así que su sitio estaba en Sarajevo y no aceptó nunca ninguna invitación de sus colegas para huir. Ese verbo, estar, era su compromiso. Su deber urgente como intelectual, como alguien con derecho a ser escuchado, era compartir la desgracia del pueblo». Sostiene De Luca que «no se aprende nada de la guerra, como no se aprende nada de la fábrica o de la cárcel; es sólo la posiblidad de estar cerca de los que están peor».

Y, como síntesis de toda filosofía, un lugar: Nápoles. «De pequeño amaba los libros porque los tenía cerca y porque hacían un contraste con la ciudad que tenía alrededor. Nápoles no sólo era ruidosa y caótica, sino que también era la ciudad de Europa con el mayor índice de mortalidad infantil: se decía que los niños estaban pegados a la vida como un escupitajo a la mano y tenían que justificar esta vida trabajando. No era una ciudad madre, sino una ciudad causa. Y yo soy uno de sus efectos».

«Es un lugar», prosigue, «que responde a la geología antes que a la historia. El carácter de los napolitanos depende del volcán y del suelo sísmico. Está construida sobre grutas y galerías gigantescas, una ciudad acampada sobre el aire, como una nube, y una ciudad doble que tiene su parte de arriba y su parte subterránea. Además, las casas están hechas de una piedra volcánica, el tufo, sobre la cual la pintura no aguanta mucho tiempo. Pues lo mismo pasa con el poder y la autoridad. Nápoles es anárquica y monárquica: quiere un rey, pero sólo los domingos. Por eso el último rey de Nápoles fue Maradona».

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