12 abril 2012

El imperio de los cerrojos.-

Quién sabe: tal vez a las puertas del cielo San Pedro ha hecho instalar un Faac, uno de los famosos cerrojos de la firma del mismo nombre. Si así fuera, sin duda sería en signo de gratitud eterna con Michelangelo Manini, el excéntrico dueño de Fábrica Automatismos Apertura de Cerrojos, más conocida por las siglas Faac, la compañía líder mundial en el mercado de los cerrojos, las barreras automáticas, los cierres por control remoto y los sistemas de peajes automáticos que su padre creó en 1965 y de la que él era el accionista principal y presidente. 

Manini falleció el pasado 17 de marzo a los 50 años después de una larga enfermedad. Sin familia, sin hijos, sin pareja, sin ningún pariente o amigo inseparable al que dejar las riendas de su imperio, encerrado en su proverbial soledad. La sorpresa se produjo cuando, la semana pasada, fue desvelado el contenido de su testamento. Ese taciturno empedernido que era Manini había decidido dejar a la Iglesia todo su ingente patrimonio, valorado en total en unos 1.800 millones de euros y que incluye desde su abultada fortuna personal hasta la preciosa cuota del 66% de la Faac que tenía en su poder. Concretamente a la diócesis de Bolonia, la provincia en la que nació y en la que se encuentra el cuartel general de Faac. 

La autoridades eclesiásticas están bastante habituadas a que algunos de sus más píos feligreses se acuerden de su parroquia en sus testamentos y le dejen dinero, terrenos, casas, bienes inmuebles... Pero esta es la primera vez en la historia que a los representantes de Dios en la tierra les cae en gracia una multinacional. Alabado sea el Señor. 
En la diócesis de Bolonia aún están boquiabiertos ante el milagro que les ha llovido del cielo en plena crisis: una empresa presente en 80 países, con fábricas en 12 de ellos, que cuenta con alrededor de 1.000 empleados en todo el mundo (de los cuales 200 se concentran en la sede central de Zola Pedrosa, a las afueras de Bolonia), que el año pasado facturó la friolera de 214 millones de euros, que obtuvo unos beneficios netos de 27 millones y cuya tajada del 66% está valorada en unos 1.100 millones de euros. Una joyita, en fin, que desde su nacimiento hace 47 años no ha hecho más que crecer, crecer y crecer, abriendo y cerrando puertas. 

El misterio es qué ha podido empujar a Michelangelo Manini a dejar todos sus bienes a la Iglesia, una decisión que tomó en 1992, con 30 años, cuando redactó su testamento y lo puso en manos del notario boloñés Sergio Betolini, hombre de confianza de Manini como ya antes lo fuera de su padre. Le entregó el pliego con sus últimas voluntades para no modificarlo jamás. El caso es que, aunque de vez en cuando Manini se dejaba caer por la parroquia o se descolgaba con alguna obra de beneficiencia (siempre de manera anónima, evitando tenazmente figurar), nuestro hombre no era ningún beato. 

Aunque lo sorprendente es que nadie sabe a ciencia cierta quién era Manini: era famoso por su reserva absoluta, por su carácter esquivo, por llevar una existencia completamente alejada de los focos y de la mundana vida social. No hablaba jamás de política, no frecuentaba círculos empresariales, no iba a fiestas. Era hijo único, no estaba casado, no se le conocía pareja, vivía en completa soledad en la villa de su familia, la misma en la que habitaron su padre Giuseppe (el hombre que en 1965 fundó la compañía Faac, fallecido en 1992) y su madre (muerta en 2008). No se sabe si cultivaba algún hobby, si tenía aficiones. «Era cordial y refinado, jamás hablaba de sí mismo», le define Stefano Fiorini, alcalde de Zola Predosa, donde está la sede de Faac. Una compañía que el primer edil conoce bien pues, antes de dar el salto a la política, durante 20 años formó parte del equipo directivo de la firma. 

Por no saberse, ni siquiera se sabe la enfermedad que ha llevado a la tumba a Michelangelo Manini. Sólo ha trascendido que padecía diabetes y que en los últimos tiempos, cuando se dejaba caer en la fábrica, se le veía cada vez más delgado y demacrado. Pero nadie se esperaba su desenlace fatal. 

Lo que está claro es que era un tipo tan austero como taciturno: nada que ver con esos ricachones que hacen ostentación de su poderío económico conduciendo un Ferrari o un Porsche. Manini acudía a trabajar (cada vez menos, a causa de su frágil salud) en un coche normal y corriente. Y eso a pesar de que fue un anuncio protagonizado por un Ferrari el que hizo archifamosa a la compañía Faac en Italia. En el spot se veía a un imponente coche que cruzaba a toda velocidad el desierto para llegar a las puertas de la verja de una villa ante la cual había un amenazador león. El conductor del coche presionaba el botón de su mando a distancia y las puertas de la verja se abrían, dejando al felino boquiabierto. Tanto éxito tuvo el anuncio que hasta Disney hizo su propia versión para sus tebeos italianos. 

Los franceses del grupo Somfy, propietarios del 34% restante de Faac, son los primeros que se han quedado estupefactos al conocer la decisión de su socio de ceder su participación a la Iglesia. Su estupor sólo es comparable al de los empleados de Faac y al de los responsables de la diócesis de Bolonia. Al fin y al cabo, ¿qué demonios hacen unos curas dirigiendo una multinacional de cerrojos? 

En un principio, a algunas autoridades eclesiásticas se les pasó por la cabeza la idea de vender su recién heredada participación a los socios franceses. Pero han acabado rechazando la idea, al considerar que sería una traición a Manini, a quien nunca se le pasó por la cabeza ceder su trozo del pastel. 
«En el pasado rechazó ofertas importantes a fin de mantener en Zola Pedrosa la sede de la multinacional. Mi papel es rendir homenaje al benefactor, tal como desea la curia, que es el nuevo propietario. Así que rechazaré cualquier tipo de oferta», advierte Andrea Moschetti, el abogado de la diócesis de Bolonia.