02 abril 2012

Así eramos

Aunque las últimas fotos son de los 70, la transición no parece haber llegado a este paisaje (y a este paisanaje) de la Galicia rural que tan minuciosamente refleja en sus fotografías Virxilio Vieitez. Ninguno de estos Alcántaras, que no han salido todavía de su particular Sagrillas (Soutelo de Montes) tiene el aspecto de llegar a ser director general con la UCD, ni a meterse en negocios dudosos con algún camaleón superviviente como el José Sancho de Cuéntame. En estas fotografías hay más Botejaras que Alcántaras, que, a fin de cuentas, era (los Botejara) la familia representativa de la España rural durante la Transición contada en tiempo real, no embellecida por el paso del tiempo. 

A Virxilio Vieitez se le descubrió tarde. Muy tarde. Cuando ya tenía cumplida su vida de fotógrafo. Después de haber retratado a miles de sus paisanos, dejando el ADN de su tierra gallega en sus instantáneas. Su trabajo, intenso e intuitivo, comenzó en los 90 a ver la luz fuera de su parcela vital y natal en distintas exposiciones, pero no ha sido hasta ahora cuando el Museo de Arte Contemporáneo de Vigo (MARCO) y la Fundación Telefónica han realizado el gran catálogo razonado de buena parte de su obra, desde finales de los años 40 a los 70. Un volumen con texto del periodista y poeta Antonio Lucas donde se dan a conocer por primera vez un cojunto de fotografías inéditas en las que Vieitez empezaba a experimentar con el color. 

«Resulta fastuoso asomarse hoy a las instantáneas de Vieitez, hechas de tiempo quieto, de un silencio compacto, de un apetito vital y fascinante sin salir de la jurisdicción de esa escueta biografía de cosas inmediatas», escribe Lucas. 

La mayoría de estos trabajos se desarrollaron en las décadas de los 50 y 60. En los primeros, los retratados (ésta es, sobre todo, una gran galería de personajes, un universo de retratos) miran al objetivo con la timidez y la inseguridad de quien no está familiarizado con ese invento, la cámara, que en Soutelo de Montes tiene algo de novedoso cuando ya cuenta entonces con más de 100 años. Una cámara que Virxilio Vieitez llevaría como el Melquíades de García Márquez llevaba sus maravillosas novedades por Macondo. 
«Instantáneas de celebración, de velatorio, de recuerdo simplemente, de carné y libro de familia. Los carros, los bueyes, los burros, los haigas, el barro, la nieve, la niebla, los muertos, los niños, los pobres... La timidez de unos modelos que avientan burla o elegía ante el gesto metódico de la foto. Seres desconcertados frente al documento doméstico que en principio no posibilita ningún prestigio, sino que es el índice lacónico de la vida en su rusticidad. Estampas que fundan una nueva astronomía laboriosa y prolongada. Instantáneas que son la tipografía adecuada de un momento que ha sido borrado y ahora reconstruimos con algo de exorcismo y de fascinación», sostiene Antonio Lucas. 

No sólo eso. Casi ninguno de ellos sonríe en el momento de ser retratados. Esa seriedad deja entrever una vida difícil de pocas alegrías; no la miseria dramática reflejada por Walker Evans en los años de la Depresión americana, pero sí la vida austera, esforzada, de quienes tienen lo justo y apenas se permiten pequeños lujos en bodas o regalos de Reyes. Austeridad o pobreza que se trasluce también en los artistas de un circo de aire felliniano. 

De modo que ahí están (¿estamos?) los paisanos del fotógrafo, mirando fijos al objetivo, algo inseguros al principio, progresivamente más desenvueltos: la chica que ensaya una postura al estilo de las actrices que ha visto en las revistas (está claro que ella sueña con un futuro parecido, lejos de su pueblo), los que se suben al capó del coche, traído sin duda por un emigrante que ha vuelto con dinero, mientras persisten las mujeres enlutadas, con esos lutos permanentes tan característicos de la España provinciana de entonces. 

Comoquiera que sea, la obra recuperada de este fotógrafo gallego (que nos describe un mundo a partir de su aldea) puede ya ser contemplada por un público muy amplio. Tras ser expuesta el año pasado en Vigo, lo será próximamente en la Fundación Telefónica de Madrid.