02 marzo 2012

Los iranies no piensan en votar

Cruzando Teherán de norte a sur, la avenida Vali Asr se extiende como una profunda zanja que divide a los ricos de los pobres. Al norte vive la gente pudiente, rodeada de calles bien trazadas, aire limpio, centros comerciales con las novedades de Apple y tiendas de lujo. 

Al sur se extiende la miseria, difuminada por el humo de los tubos de escape. Una cicatriz de más de 20 kilómetros que empieza en la oscuridad del hollín de la estación de la plaza Rah-Ahan y se postra a los pies de las montañas de Alborz, donde esquían los privilegiados. 

Vali Asr es la avenida más larga de Oriente Próximo y representa también la gran distancia que hay entre las clases iraníes. El país está sumido en una crisis económica grave. Pero paradójicamente, el dinero del petróleo que los ricos no pueden colocar en los fondos de inversión en el extranjero debido a las sanciones está llenando las calles de lujo. 
Mientras, la clase trabajadora pugna por sobrevivir arrancándole unas monedas al destino. «Las sanciones están castigando al ciudadano, no al régimen, y eso se puede ver en la calle, donde se nota la sensación de descontento entre la gente», explica Ramin V. (prefiere no decir su apellido), arquitecto de 34 años. 

«La brecha entre ricos y pobres es enorme. Hay personas que ganan 7.500 euros al mes, mientras otras malviven con 200. Teherán es una de las ciudades más caras del mundo y el coste de la vida sigue subiendo», añade. En la calle apenas se habla de las legislativas de hoy. Todos están preocupados por la economía. 

Hosein, un taxista de 36 años, se queja de que sólo ha ganado 20.000 tomanes (casi 10 euros). «No sé nada de las sanciones ni de las elecciones; lo único que sé es que la vida se ha vuelto muy cara. Estábamos mejor con el Shah. Yo ya estoy cansado de esta vida… ¿qué puedo hacer?», se pregunta mientras lidia con el congestionado tráfico. 
En los últimos 18 meses, la retirada de los subsidios, junto a la depreciación de la moneda y la inflación rampante, han golpeado los bolsillos de las familias más humildes. 
Hasta la retirada de los subsidios, el presidente, Mahmud Ahmadineyad, era visto como el protector de los desfavorecidos. Pero muchos iraníes lo consideran responsable de la crisis debido a sus políticas económicas. De ahí el descontento con el Gobierno que se traduce en desmovilización electoral. Aunque Ahmadineyad aún manteiene su clientelismo en provincias donde la gente ya no recibe subsidios pero sí dinero en metálico. Ellos son la base que conforma el apoyo al régimen. 

«Cambiar el sistema de subsidios es un intento para modificar nuestro consumo y establecer un sistema de producción. Estamos en una etapa de transición, en una difícil coyuntura económica. Pero como Japón y Alemania, dos países que perdieron la II Guerra Mundial, pasaron esta transición y ahora son las mejores economías mundiales, nosotros también lo lograremos», declara Bijan Nobaveh, candidato al Parlamento por el bloque Resistencia, afín a Ahmadineyad pero contrario a su jefe de Gabinete. 
Para este antiguo corresponsal en Nueva York de la televisión estatal, las sanciones impuestas por Occidente son algo «positivo» para Irán. «Harán posible cambiar de una economía consumista a otra productora y autosuficiente», asegura. 

Mientras, en Teherán, cunde la resignación y el descontento. Faltan dos semanas para el año nuevo iraní -el Nowruz- y la fiebre de compras aún no se ha desatado. Los ciudadanos pierden poder adquisitivo día a día con la depreciación del rial. El bloqueo internacional está provocando que el dinero del crudo tenga que gastarse dentro y el exceso de liquidez hace que la moneda pierda valor por momentos. 

Hay un espejismo de consumo que se aprecia en el boom de la construcción, uno de los bienes refugio de los iraníes. Y en las calles corren más coches de lujo que antes porque los ricos tienen que colocar desesperadamente sus billetes. 

Pero los pobres son cada vez más pobres y los jóvenes tienen cada día más dificultades para encontrar un trabajo. Dos tercios de la población iraní tiene menos de 30 años. Para ellos, votar es perder el tiempo. «No creo que vote más de un 10% de la población», dice un joven dependiente de un centro comercial. «Soy pesimista con el futuro», concluye. 

Ni siquiera en los cafés, la juventud escapa de la agobiante atmósfera de depresión. «Llevamos 30 años en crisis», afirma una estudiante universitaria. «El problema es que no tenemos relaciones con nadie y Occidente nos considera su enemigo», apunta otro tertuliano. «Es muy difícil encontrar tu sitio en la sociedad. Pero no pienso en emigrar. No prefiero Europa a Irán», subraya Ramin. 

«Siento que en Europa nos ven de una forma incorrecta. Durante una visita a Amsterdam, la gente me preguntaba si tenía televisión en casa. Piensan que aún vamos por la calle en camello…». 

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