21 marzo 2012

La portera beduina

Un día cogió la pelota y empezó a esquivar defensas, miradas y malvados comentarios. El sueño de Maryam Abu Ghanem no era ser una estrella sino demostrar que una beduina puede compaginar el amor al deporte con la fe en Alá. Probar y enseñar el opio universal sin romper el ancestral marco. 

Nadie le quitará la etiqueta de primera profesora beduina de Educación Física en Israel. O la pionera en la liga profesional. Quizá no sea un gran paso para la humanidad, pero sí para muchas niñas beduinas que aspiran a algo más que convertirse en otra esposa del hombre asignado. 

«Desde pequeña, decidí luchar por lo que me gusta y no llorar por lo mal que lo paso», asegura a enfundada en una camiseta del Real Madrid. Otro espejo de su personalidad, ya que mientras la corriente regional -con o sin Primavera Árabe- es azulgrana, esta hija del desierto sigue fiel a su blanco amor de infancia. De niña se ocupaba del rebaño y lavaba los platos en tiempo récord para poder ver a su equipo favorito israelí, Maccabi Haifa. 

Con dos títulos académicos y un máster de educación, Maryam afirma que «la diferencia entre políticos y deportistas es que ellos deben saber mentir mientras nosotros tenemos que trabajar duro». 

Maryam jugó sus primeros partidos como profesional en Israel cubierta de los pies a la cabeza. Nada cómodo para emular a su héroe Iker Casillas, por lo que decidió quitarse el uniforme tradicional. «Las rivales no se creían que la chica que ocupaba la portería era la misma que luego veían toda tapada y con velo», recuerda. 
Para Maryam era importante romper las cadenas sin renunciar a la religión. «Cada vez que posábamos con un trofeo, me ponía detrás de la cámara. No quería ser vista sin velo. Así me aficioné a la fotografía», apunta sonriendo. 

Imparte clases, colabora en un centro comunitario, dirige su academia de baile y estudia fotografía sin perderse un rezo o un partido del Real. 
«Las beduinas no hacen deporte porque piensan que es vergonzoso», confiesa, antes de ahondar en un problema más serio que un error arbitral: «Muchas no pueden estudiar o sufren en el matrimonio, ya que son olvidadas por su marido que se casa con otras tres». 

Detesta escuchar un comentario: «¿Quién querrá casarse con una mujer que corre detrás de una pelota y llega tarde a casa?».