07 marzo 2012

Golpeando en eeuu

El dramaturgo Tennessee Williams sentía un apego especial por Camino real: la obra que empezó a escribir en Nueva Orleáns en 1946 y que estrenó siete años después en un teatro de Manhattan. «Escribirla fue como construir un mundo distinto», confesaba el autor nervioso en la víspera de la première. El montaje lo dirigió su amigo Elia Kazan, que asumió el desafío de moldear sus personajes fantasmagóricos y no le salió bien: el público se fue espantado de la sala y los críticos asestaron a la obra un golpe del que todavía no se ha repuesto. Ahora los responsables del teatro Goodman de Chicago le han confiado el texto a Calixto Bieito. 

El montaje de Bieito se ha estrenado este fin de semana y supone el debut americano del director español, al que los herederos del autor han dado carta blanca para alterar a su antojo el contenido de la obra. Mano a mano con su colega Marc Rosich, Bieito ha elaborado una versión que elimina escenas enteras del original, incluye elementos transgresores de cosecha propia e intercala fragmentos de las memorias de Tennessee Williams. 

A Bieito le precede aquí su fama de provocador por la obscenidad de sus montajes operísticos y Camino real no es una excepción. Pero esta vez se podría decir que la crudeza la exige el texto de la obra, que transporta al espectador a la ciudad fronteriza de un país latinoamericano donde imperan la decadencia y la inmoralidad. 
Williams solía definir Camino real como «un territorio donde se ha secado la fuente de la humanidad» y esas palabras podrían definir también a sus habitantes. Un puñado de sombras que ha encontrado refugio en este lugar donde el paso lo marca un siniestro maestro de ceremonias que impone su ley con las herramientas propias de cualquier estado policial. 
La obra se abre con unas palabras que en el texto original intercambian Don Quijote y Sancho, y aquí se convierten en el soliloquio de un personaje que se mueve borracho por el escenario y que no es sino un trasunto del propio Tennessee Williams. 

«El azul es el color de la distancia y de la nobleza», declama mientras apura la botella de licor, «por eso un viejo caballero debería llevar siempre un lazo azul atado a los restos de su armadura o a la punta de su lanza. Algo que sirva para recordarle la distancia que ha recorrido y la que todavía le queda por recorrer». 
Las palabras son el prólogo de un recorrido onírico por un lugar tan inhóspito como irreal, habitado por personajes que han llegado hasta aquí empujados por los sinsabores de la vida. Hay una vieja prostituta con unas botas de leopardo que se revuelca por el escenario, ofreciendo sus servicios y declamando frases sin sentido, y un prisionero al que acribilla un policía al intentar escapar de la ciudad. También una mujer francesa que se deja penetrar por un chapero en una esquina y una madre cuya hija se contonea en un orgasmo simulado después de recobrar milagrosamente la virginidad. 
Algunos personajes de Camino real los toma prestados Williams de personajes de la literatura universal. Es el caso del amanerado barón de Charlus de los libros de Proust, que aquí canta con una cadena al cuello mientras se deja sodomizar por un policía. También del poeta Lord Byron y de Casanova, al que los años han convertido aquí en un hidalgo afrancesado que mendiga sin éxito el amor de una mujer y escupe versos desgastados sobre su bastón. 

En su introducción a la obra, Williams describe Camino real como un puerto tropical con «un parecido confuso a lugares como Tánger, La Habana, Veracruz, Casablanca, Shanghai o Nueva Orleáns». Pero Bieito ha optado por recrear el enclave en un entorno oscuro y sin más aderezo que un portamaletas, un contenedor de basura y una alambrada que transmiten la impresión de que sus habitantes están atrapados en un lugar en el que no quieren estar. 

Y sin embargo, no es la oscuridad lo que define el montaje de Bieito sino la oposición entre la atmósfera depravada del lugar y el declive inexorable de sus habitantes. Porque sus diálogos sombríos están puntuados por momentos de euforia repentina, como aquél en el que Esmeralda simula un orgasmo sobre un contenedor de basura o la explosión de luces de neón que inunda el escenario cuando una mujer grita que es tiempo de fiesta. 

«Mi intención era dar a la audiencia algo que fuera salvaje», decía de su obra el propio Williams en 1953. «Quería provocar la sensación que transmiten las imágenes cambiantes de los sueños. La libertad de la obra no es caos o anarquía, sino el fruto del diseño minucioso y yo he puesto más atención a la forma que en ninguna otra obra anterior. La libertad no la logra uno sólo trabajando libremente». 
La acción se desarrolla en una plaza donde se alojan un hotel de lujo y una especie de albergue donde se citan los homosexuales a media luz. Y su protagonista no es ninguno de los sospechosos habituales, sino un boxeador negro que llega al puerto sin un dólar antes de volver a casa. 

El boxeador se llama Kilroy y al llegar dice que tiene el corazón «tan grande como una cabeza de bebé». Los expertos han querido ver en el protagonista una alegoría del envés del sueño americano. Pero también de los propios demonios de Williams, que por entonces había alcanzado la fama pero vivía en un país que no le permitía desvelar con naturalidad su homosexualidad. 
«Uno no puede enfrentarse a esta obra si no conoce la oscuridad que habitaba dentro de Tennessee Williams», decía Bieito este fin de semana. «Siempre estaba buscando el amor, la esperanza y la libertad. A mí me ocurre lo mismo, pero a veces soy muy pesimista porque vivimos tiempos difíciles. Yo pienso en el futuro que le estamos dejando a nuestros hijos y ese sentimiento es lo que intento proyectar sobre el escenario». 

Se podría decir que Bieito ha transformado Camino real en un musical intercalando entre las escenas canciones populares latinoamericanas como Noche de ronda o Solamente una vez. En ocasiones sus notas ofrecen un contrapunto irónico a un pasaje de crueldad. Otras veces se funden con los destellos de ternura que impregnan los diálogos de la obra. «Yo quería hacer un poema», decía el propio Bieito. «En un poema uno no tiene por qué comprenderlo todo. Es más importante que se empape de emociones. Es una obra muy moderna porque Williams sitúa Europa y EEUU junto a la frontera de México, y esa es la confusión en la que vivimos hoy». 

Entre los espectadores de Chicago se percibía una cierta división de opiniones en la noche del estreno. El aplauso final fue gélido y al menos 38 personas se levantaron de sus butacas durante la función. Hubo risas y aplausos en algunos pasajes. Pero el público se fue del teatro en medio de un silencio sepulcral. «Nunca había visto a la gente saliendo de un espectáculo en este silencio», comentaba una chica con su novio. «No está mal», terciaba una mujer, «pero no creo que sea la obra ideal para traer a tus padres». 

«La audiencia debería estar abierta a vivir una experiencia que no se parece en nada a cualquier otra cosa», decía recientemente Robert Falls, director artístico del teatro y responsable de la contratación de Bieito. «La obra es un intento de escribir una mascarada poética y alucinatoria; y creo que Calixto ha ampliado esa sensación. Él crea mundos fantasmagóricos con momentos de vulgaridad y pasajes que serán ofensivos para algunas personas, pero merece la pena». 

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