26 febrero 2012

Los años bisiestos

Por algún motivo que tiene que ver con supersticiones atávicas, los años bisiestos dan mal fario. El refranero español está plagado de ejemplos: «Año bisiesto año siniestro», «año bisiesto ni aquello ni esto», «Año bisiesto, vende la hoja y quema el cesto». 

Pero, al margen de lo que permanece en el imaginario popular, lo cierto es que la inclusión de un día más cada cuatro años obedece a una necesidad de completar el calendario para que los equinoccios y solsticios no se desplacen de fecha año tras año. 
El calendario, desde la época del antiguo Egipto, describe el año en función del tiempo que tarda la Tierra en realizar su órbita completa alrededor del Sol. A modo de redondeo se ha establecido que el año dura 365 días. Pero, en realidad, tarda 365 días, 5 horas, 48 minutos y 46 segundos. De nuevo, un maquillaje de la cifra dejó la cosa en 365 días y seis horas. Razón por la cual cada cuatro años se suma por convención un día (24 horas) y todo arreglado. Los equinoccios -días en los que la noche tiene la misma duración que el día y los polos terrestres están a la misma distancia del Sol- son siempre en la misma fecha del calendario. 

El próximo miércoles es 29 de febrero, el cuarto desde que comenzó el siglo XXI. Y, como cada vez que ocurre esta rareza, ha despertado todo tipo de supersticiones «En 2012, muchos pronosticaban profecías calamitosas, pero no existe ninguna prueba de que en los años bisiestos ocurran desgracias con mayor frecuencia que en años normales», explica Manuel Mandianes, antropólogo del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). 

Aún así muchos españoles guardan en la memoria acontecimientos desgraciados que ocurrieron en años bisiestos, como el inicio de la Guerra Civil en 1936, lo que continúa alimentado las creencias negativas en torno a los años bisiestos. Pero también hay buenas noticias referentes al día añadido y bisiestos orgullosos de serlo. José Manuel Ubarrechena, un donostiarra nacido un 29 de febrero, ha creado el Club Mundial de los Bisiestos, al que pertenece una familia valenciana que dio a luz trillizos en 2008. El miércoles cumplirán su primer año.

El 29 de febrero de 1808 las tropas francesas se apoderaron de Barcelona y el de 1960 un fuerte terremoto destruyó la ciudad de Agadir (Marruecos) y mató a más de 12.000 personas. «Es cierto que no hay evidencias objetivas de que ocurran más catástrofes en bisiestos, pero si en 2012 ocurriera alguna catástrofe como un tsunami, la erupción de un volcán o un terremoto mortífero confirmaría las sospechas de quienes tienen la creencia de que estos años son siniestros». 

Los sociólogos y antropólogos aseguran que las supersticiones se convierten en creencias porque la gente necesita una explicación para los fenómenos raros, como el 29 de febrero. «Y las creencias tienen una gran importancia porque modifican más el comportamiento humano que las evidencias. Contra la creencia no hay raciocinio posible», dice Mandianes. 

Hasta mediados del siglo pasado había un ser divino que era el origen de los hechos y la explicación de todo, explica el antropólogo. Pero desde que Dios ha muerto, como anunció Nietzsche, no hay explicación posible. «Y la gente la necesita, porque si no se moriría de angustia». Durante un tiempo parecía que la ciencia sería capaz de dar respuestas, pero la ciencia no lo explica todo. De forma que el vacío que queda entre la religión y la ciencia es un terreno abonado para las creencias. 
«Es un añadido que no es normal», explica Manuel Mandianes. «A la gente le molesta haber nacido en un día que no existe, que ha sido creado por los políticos para completar el calendario». Pero, a pesar de la opinión del colega que cuenta su experiencia personal junto a estas líneas, no es así para todo el mundo. Hay multitud de bisiestos orgullosos de serlo. José Manuel Ubarrechena, el creador del Club Mundial de los Bisiestos, ha escrito una canción para celebrarlo: «Amigos, yo quiero ser / bisiesto toda la vida / porque cuando cumpla cien / seré un niño todavía», comienza la letra. 

En enero de 1996 quiso celebrar su cumpleaños y no encontró a nadie para hacerlo. Entonces puso un anuncio en el Diario Vasco: «Se buscan bisiestos». Y aparecieron 60, cuenta Ubarrechena. Con ellos, organizó una fiesta. Y, visto el éxito, hizo 500.000 impresos en 5 idiomas con el siguiente texto: «Si queréis pertenecer a la familia de los bisiestos mandar vuestra dirección al Apdo. 444, 20.080, San Sebastián (Guipúzcoa). España». El club ha llegado a los 2.000 socios de todo el mundo. 
Tres de ellos son los hermanos trillizos Olivia, Sofía y Gonzalo que nacieron en Valencia el pasado 29 de febrero de 2008, de forma que tendrán el miércoles próximo su primer cumpleaños. Su padre, Abel Peris, ya lo adelantó cuando nacieron y bromeó diciendo: «Van a ser menores de edad toda la vida». 

La historia de esta curiosidad del calendario está plagada de referencias astronómicas, matemáticas y un buen número de curiosidades. 

Julio César fue el primero en introducir un día extra cada cuatro años en el 29 de febrero. Lo que coincidía con el sexto día antes de las calendas de marzo, de forma que ese año había dos días sextos antes de esa efeméride. De ahí el nombre de bisiesto (bi-sextus). Pero aún así quedaba una pequeña diferencia y el Papa Gregorio XIII la resolvió eliminando tres bisiestos de los 100 que había cada 400 años y recortando el error acumulado desde tiempos de Julio César. Así que en 1582 se eliminaron 10 días y del 4 de octubre se pasó al 15 de octubre. 

«Tal y como está ahora organizado el calendario, el año civil dura 365,2425 días, por término medio, lo que da una diferencia de unos segundos con el año trópico de 365,242198 días. Esta diferencia se va acumulando y se sigue produciendo un pequeño desfase entre el año civil y el año astronómico, pero harán falta miles de años para que genere un desajuste significativo», explica Rafael Bachiller, director del Observatorio Astronómico Nacional. Esto obligará a ajustar de nuevo el calendario cada 3.000 años.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada