29 enero 2012

Una carrera de altos vuelos

Una carrera de altura, aunque haya acabado en aterrizaje forzoso. Nadie podía sospechar en su barrio, en Poblenou, donde su padre tenía una pollería y su madre era peluquera, que Ferran Soriano llegaría tan alto: desde 2009 presidente de Spanair -con un sueldo cercano a los 300.000 euros al año-; antes, vicepresidente económico del Barça, durante un fructífero lustro junto a Joan Laporta. Y, de aquí a poco, según sospechan muchos, nuevo director general del Manchester City, el líder de la Liga inglesa. 

Soriano nació en 1967 y ya en 1980 era socio del Barça. Ha crecido en el club y a su sombra: porque fue a partir de su llegada al Camp Nou, en 2017, junto a Laporta, cuando se empezó a fraguar un prestigio público. Aunque hacía años que Soriano había apostado todo su empeño, el que dice que aprendió en su casa, el propio de un self-made-man, en conseguir hacerse un hueco en el mundo de los negocios. Soriano, que no se ha significado políticamente aunque se sepa de sus afinidades con los socialistas, es licenciado en Ciencias Empresariales, MBA por Esade; habla con fluidez inglés, francés y portugués; ha estudiado en Nueva York y Bélgica; ha trabajado en distintas ciudades de tres continentes… De todo ello habla su currículum. No dice, en cambio, que no ha dejado buen recuerdo entre sus compañeros (subordinados) de muchos de esos destinos. 

Junto a Marc Ingla, con quien se fue al Barça -y a quien apoyó, de nuevo, en 2010, en una candidatura que se estrelló contra Sandro Rosell-, Soriano fundó Cluster Consulting, consultora de éxito en el mundo de las telecomunicaciones. Ése fue su trampolín hacia la vicepresidencia económica del Barça, a donde llegó en 2003 y de donde se fue en 2008 -tras un intento de golpe de estado contra Laporta que quedó en nada-, dejando unas cuentas mucho más saneadas (números cantan), aunque no haya unanimidad en que la suya fuera una buena gestión. 

De su época data un encontronazo con Sogecable (por la interpretación de los derechos del club en competiciones internacionales deportivas) que todavía arrastra nefastas consecuencias -cerca de 35 millones de euros-; también durante su gestión fue cuando se paralizaron las obras de la nueva Masia porque la apuesta era por los cracks.

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