06 diciembre 2011

Sin siglas no hay candidatos.

Buddy Roemer es otro republicano, también ex gobernador-en su caso, de Luisiana, el Estado más corrupto de EEUU-que lleva 16 años fuera de la política y que afirma que «las empresas nunca han ganado más que ahora, han escrito las normas impositivas y no les importa un comino el resto de Estados Unidos».

Rocky Anderson es el ex alcalde demócrata de Salt Lake City, una de las ciudades más conservadoras de EEUU, pero es un demócrata de izquierdas que en los 80 organizó viajes para que sus ciudadanos pudieran visitar la Nicaragua sandinista y que logró que su ciudad recortara sus emisiones de gases que producen el calentamiento de la atmosfera en un 31% en ocho años.

Estos tres políticos tienen cuatro cosas en común: son iconoclastas, han sufrido, más que el silencio, el vacío de sus propios correligionarios, quieren ser presidentes en 2012 y, para lograrlo, están dispuestos a presentarse por un partido que no sea el demócrata o el republicano.

Sólo hay una cosa clara: no van a ganar, pero pueden hacer que alguien pierda. Desde 1954, los candidatos de un tercer partido -es decir, que no son demócratas ni republicanos- no han logrado ganar en ningún Estado en unas presidenciales. Pero sí han hecho que un presidente -George W. Bush padre- y un sucesor de otro presidente -Al Gore- perdieran.

Ahora, EEUU parece a punto de permitir que uno de estos candidatos independientes se lleve un buen bocado de votos. En 1992, cuando el empresario Ross Perot alcanzó el 19% de los sufragios, el 39% de los estadounidenses se declaraban «insatisfechos» con la evolución de su país. En 2011, un sondeo de Gallup ha llevado ese porcentaje a un espectacular 81%.

El más rápido ha sido Anderson, que el miércoles fundó el Partido de la Justicia. Pero probablemente él sea también quien tiene menos posibilidades de arañar un número significativo de votos. De hecho, en estas elecciones la ruptura del bipartidismo estadounidense viene más por la derecha que por la izquierda. Una derecha, eso sí, muy americana. Y ahí es donde entran en jugo Roemer y, sobre todo, Johnson.

O alguien que todavía no haya entrado en liza. Como explicaba la semana pasada el consultor político republicano Ed Rogers a la radio pública de EEUU, lo que le preocupa es «un purista del Tea Party que sólo quiera jugar contra el sistema. Un ejemplo: un candidato antiinmigración que tenga algo de organización y algo de dinero y que esté en las papeletas en Colorado, Arizona y Nuevo México, que coja entre el 3% y el 5% del voto, y tienes a Obama ganando esos Estados con el 46% de los sufragios, o incluso menos».

Para lanzar una campaña a gran escala hace falta un dinero y una organización de la que Roemer y Johnson y, por mucho que se use internet y YouTube, esas herramientas no bastan. A eso se suma la increíble hostilidad con que los medios de comunicación han acogido a esos candidatos extemporáneos. CNN ha vetado a Roemer y a Johnson de los debates presidenciales arguyendo que no alcanzan el suelo mínimo de la intención de voto. Sin embargo, en mayo CNN invitó a un debate al empresario Donald Trump, que ya no se presentaba a las elecciones.

Pero, en ese punto, se llega al mayor misterio: Americans Elect (Los Americanos Eligen). Es un partido que teóricamente no tiene ideología y que espera recaudar alrededor de 30 millones de dólares (22 millones de euros, que es una cifra ínfima para una campaña estadounidense) y presentar un candidato en los 50 Estados en 2012. Lo extraño, sin embargo, es que defiende la transparencia, pero no va a publicar quiénes son sus donantes. Su web no tiene ideología, aunque sus seguidores tienden a ser liberales en el sentido estricto (sobre todo, en lo económico). Americans Elect planea celebrar una Convención online, en la que cada persona que esté registrada en su web podrá votar por quién quiera. Es el último detalle extravagante de unas elecciones con un creciente tono de surrealismo.

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