17 diciembre 2011

El gran polemista.

 The Hitch, como le bautizó el novelista Martin Amis, su amigo del alma, se «quedó helado» por la culpa, pero no se escondió. Escribió a la familia del soldado, viajó a California y los acompañó en una ceremonia íntima en la que leyó la última escena de Macbeth: «Señor, vuestro hijo pagó la deuda de un soldado (...) No midáis vuestro dolor por su valía, pues entonces sería infinito».

Aunque nunca empuñó un arma, Hitchens vivió la guerra de cerca muchas veces. Y ayer, tras 62 años de una increíble vida, pagó su deuda y dejó un dolor infinito entre sus millones de admiradores. «El mejor ensayista en lengua inglesa», según Christopher Buckley, y el último gran polemista, murió en la madrugada del jueves, en Houston, mientras recibía tratamiento contra un cáncer de esófago, la misma enfermedad que acabó con su padre.

Hitch fue un bebedor incansable y un fumador empedernido que jamás se arrepintió. Ni de sus peleas, ni de sus escritos ni de los vicios que le costaron la salud. «La escritura es lo más importante para mí, y todo lo que me ayuda a escribir vale la pena», dijo en una entrevista el año pasado. Y lo cumplió hasta el final. Murió sin doblarse, sin perder la fe en la razón y sin reconciliarse con Dios, en el que hacía mucho que no creía, pero con el que rompió públicamente con Dios no es bueno. Un libro que le convirtió en el ateo más famoso de EEUU.

Hitchens convirtió la dialéctica en una forma de vida, siguiendo el ejemplo de sus maestros: George Orwell, Arthur Koestler o Thomas Paine. Sin trinchera y sin excusas. En prensa, radio o televisión. Cargó con rabia contra los poderosos, como Reagan, Bill Clinton, Kissinger o Blair. Contra la derecha religiosa de EEUU. Contra todos los tiranos, «incluyendo a Dios», como recordaba ayer Richard Dawkins. Pero también contra intocables como la Madre Teresa de Calcuta (para él una peligrosa retrógrada que no amaba a los pobres, sino la pobreza) o Lady Di. «Las dos pasaron toda su carrera al servicio y la búsqueda de los ricos y poderosos. Ambas utilizaron a los pobres y los enfermos como accesorios en sus campañas», espetó.

Había apoyado la Guerra de Irak, lo que le costó muchas amistades en la izquierda en la que casi siempre había militado. No le importó. No era la primera vez. Otros se rasgaron las vestiduras antes, cuando, siendo trotskista, apoyó a Margaret Thatcher en la Guerra de las Malvinas. O cuando pidió la intervención en Bosnia o se opuso al aborto.

Hitchens, incansable conversador, combatió todo lo que odiaba. A veces de forma justa, las más desde las tripas, siempre con independencia. Tras la débil respuesta de los suyos a la fatua que sentenciaba a muerte a Salman Rushdie renunció a muchos compañeros de viaje. El segundo gran golpe fue el 11-S. Atrapado en la otra costa del país, asistió impotente al dolor mortal de Nueva York y algo cambió. Arremetió contra el «islamofascismo» como lo había hecho contra el comunismo en la Europa de los 70. No fue una conversión, ni un giro irracional. Hitchens dejó atrás el pasado de una ilusión sin renunciar a la filosofía. Defendió la invasión de un país que conocía bien, pero destrozó a Rumsfeld o Cheney por defender la tortura en los interrogatorios. Ya no era socialista, pero seguía siendo él.

Christopher Hitchens nació en Portsmouth, en 1949, en el seno de una familia de clase media. Su padre era un oficial de la Royal Navy reconvertido en contable. Su madre, harta de una vida sin emoción, se fugó con su amante y se suicidó en un hotel de Atenas en 1973. Antes de cumplir los 20 compartía escenario en Oxford con Christopher Hill o Isaiah Berlin y daba plantón a ministros. Su talento y carisma eran desbordantes. Las mañanas las dedicaba a arengar obreros. Las noches a las fiestas de champán y etiqueta de la jet set. Los ratos libres a leer y, a veces, estudiar.

Sus años universitarios coincidieron con mayo del 68. Socialista de corte internacionalista, protestó contra el Gobierno, la Guerra de Vietnam o el colonialismo. Viajó a un campamento para «jóvenes revolucionarios» en Cuba, pero caló pronto al despreciable régimen de Castro. Se licenció en 1970 y empezó su carrera periodística en Londres, escribiendo para The New Statesman o The Evening Standard. En 1981, cansado de su país natal, se trasladó a Washington para no regresar.

Hitchens escribió millones de palabras, en libros, crónicas, artículos y columnas de opinión. Lector ávido y cultísimo, íntimo de Ian McEwan, Salman Rushdie, Julian Barnes o James Fenton, disfrutaba como un niño del lenguaje, de Wilde y de Wodehouse y citaba sin cesar a los grandes poetas británicos.

Hitch tuvo una vida excepcional. Un recorrido que va de las habitaciones de Oxford a los pasillos de la Casa Blanca pasando por Irak, Chipre, el Sáhara, Irlanda, la España de Franco o el Portugal de Salazar.

Vivía provocando a sus rivales, pero también a sus amigos. Cínico y brutal, se enemistó con algunos de ellos, como Sidney Blumenthal o Gore Vidal, y discutió con Noam Chomsky, Susan Sontag o Edward Said. Con algunos se reconcilió. Con otros no. Amaba y odiaba con intensidad. Y para desgracia de los que le hacían frente, su lealtad más grande fue hacia la verdad. Cheers, Hitch.

Christopher Hitchens, escritor y periodista, nació en 1949 en Portsmouth (Inglaterra) y murió en Houston (Texas, EEUU) el 15 de diciembre de 2011.

3 comentarios:

  1. Carmen o quien quiera que seas, olvidaste poner el autor y origen del artículo: El mundo - Pablo Rodriguez Suanzes 17/12/2011. Teresa C.B.- http://rsocial.elmundo.orbyt.es/

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  2. Soy la negra zumbona, ya sabes la que te metía un pepino por el culo, maldito enfermo!!

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