18 noviembre 2011

Un romanticismo de color.

Eugène Delacroix falleció en París el 13 de agosto de 1863, a los 65 años, y una muchedumbre acudió a su entierro. Una pulmonía fue el hachazo final sobre una salud quebradiza desde la juventud del pintor, lesionado de por vida por una tuberculosis mal curada que, más tarde, se ampliaría con laringitis constantes y otros trastornos respiratorios crónicos. Un expediente médico digno de un artista romántico.

El poeta y crítico de arte Charles Baudelaire -que moriría cuatro años más tarde- publicó en L'Opinion Nationale un extenso artículo necrológico, en las semanas posteriores al óbito, en tres entregas. Podemos leer ese texto, editado este año por Casimiro Libros. Incluso haríamos bien en leerlo, pues contiene un avezado y completo análisis crítico de la caudalosa obra de Delacroix, un retrato personal de primera mano y, en general, abundante información sobre el pensamiento y los procedimientos del artista.

Antes de señalar su vinculación al espíritu de la Revolución Francesa y de consignar, sin embargo, el aristocratismo y la aversión a las multitudes del artista, escribe Baudelaire (y lo clava): «Era una mezcla curiosa de escepticismo, cultura, dandismo, voluntad ardiente, astucia, despotismo y, en fin, una especie de bondad particular y de ternura moderada que acompañan siempre al genio». Ahí tenemos los autorretratos del pintor -a la entrada de la exposición de CaixaForum- para confrontar estas palabras con la imagen que el artista daba de sí mismo.

Unas líneas más adelante, Baudelaire -que visitó con cierta frecuencia a Delacroix en su caldeado y sobrio estudio-, lo define como «un perfecto gentleman» y lo equipara a Próspero Merimée, el autor de Carmen: «Ambos tenían la misma frialdad aparente, ligeramente afectada; el mismo manto de hielo que recubría una sensibilidad púdica y una pasión ardiente por el bien y la belleza; bajo la misma hipocresía del egoísmo, era la misma consagración a los amigos secretos y a las ideas predilectas». Es bonito eso de la consagración a «las ideas predilectas», ¿no?

Ganas me dan de seguir copiando a Baudelaire, pero habrá que tomar otros caminos. Eso sí, no sin antes anotar que el elogioso discurso baudelairiano adquiere tintes reivindicativos, ya que el poeta considera que el talento y la superioridad de Delacroix «no han sido reconocidos suficientemente».

Gozó el artista de muchos encargos institucionales, sí, pero su novedosa pintura suscitó el recelo y la desaprobación de muchos colegas. Cuando no el escándalo. Cuando Delacroix murió llevaba seis temporadas en la Academia, pero ingresar en ella le había costado 20 años de tentativas y rechazos.

Digamos, con cierta simplicidad, que, cuando Delacroix comienza a mostrarse en los salones con sus explosiones de color y movimiento, Francia está abducida por el reposado y pluscuamperfecto neoclasicismo de Ingres, el polo opuesto. A Delacroix -que bebía del convulso Géricault- le costó mucho ir imponiendo el frenesí de sus pinceladas sueltas -como las de Goya y Velázquez-, la efervescente agitación de sus motivos -como en Rubens- y la primacía -como en Constable- del color y de la luz sobre el dibujo y los contornos acabados, aunque también fuera un gran dibujante. Todo eso lo apreciaron mejor los contemporáneos realistas del Romanticismo, pintores como Corot, Courbet o Millet -que lo visitaron-, del mismo modo que lo apreciarían los inminentes impresionistas.

Intérprete al violín tras sus estudios de solfeo y traductor del latín y griego en su juventud, Delacroix fue un hombre muy culto -a diferencia de otros pintores-, muy conformado por la música y la literatura y muy dotado para la reflexión estética y filosófica, aunque le costara mucho escribir.

Pero escribió. No sólo, en dos etapas, sus voluminosos Diarios, que se detienen tres meses antes de su muerte y que, en selección antológica, están accesibles en castellano en Tecnos, con el título de El puente de la visión, con unas interesantísimas introducción y notas de Guillermo Solana y con una minuciosa cronología.

Especulador sobre la estética, sus reflexiones sobre lo bello pueden leerse en Metafísica y belleza, en traducción al español editada, el año pasado, por la bonaerense editorial Cactus.

Este libro, por cierto, tiene en su portada una imagen procedente de las ilustraciones de Delacroix para el Fausto de Goethe, que están expuestas en CaixaForum, donde también se puede comprobar la deuda del pintor con escritores como Shakespeare, Byron o Walter Scott. Delacroix prefirió la amistad de escritores y músicos antes que la de pintores, y de hecho fue gran amigo de Stendhal, Victor Hugo o George Sand como también lo fue de Chopin y Liszt. A varios de ellos los retrató.

Hijo de un ministro del Directorio y menor de cuatro hermanos, siempre se ha consignado -sin pruebas fehacientes- que su verdadero padre fue el astuto e incombustible príncipe de Talleyrand. Huérfano total a los 16 años y confiado a los cuidados de una hermana, el universo afectivo de Delacroix fue complejo.

Tuvo amantes hasta entrada la cuarentena, pero después se desentendió de las mujeres y se labró notable fama de misógino. Tal vez sea irrespetuoso decir que la mujer de su vida fue una campesina bretona, Jenny Le Guillou, su ama de llaves y confidente durante 30 años y hasta su muerte.

Entre el centenar y medio de cuadros que, con la inestimable colaboración del Louvre, se pueden ver en CaixaForum de Madrid hay de todo, y todo bueno. Por supuesto, los ingentes resultados de su viaje a Marruecos -con parada en Cádiz y Sevilla- de 1832, con esa influyente obra maestra que es Mujeres en Argel en sus habitaciones.

Hay pintura religiosa y literaria, fieras -espléndidos tigres- y muchos caballos en acción. Delacroix fue un buen jinete, dicho sea de paso. No encontraremos La Libertad guiando al pueblo, pero sí cuadros tan fundamentales y vigorosos como Muerte de Sardanápalo, El naufragio de Don Juan, Medea furiosa y San Sebastián socorrido por las santas mujeres.

Visiten la exposición en día laborable, que en festivo hay mucho gentío.

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